Desde hace muchos años, mantengo un ministerio en Internet que me permite, a través de los buzones de comentarios, escuchar las preguntas, las quejas y las pontificaciones de miles de personas con respecto a la religión. He observado que estos comentarios se ordenan de forma bastante predecible, centrándose en cuestiones como la existencia de Dios, el problema del sufrimiento, la singularidad del cristianismo entre las religiones del mundo y toda la gama de enseñanzas sexuales de la Iglesia.

Pero otro tema que se presenta con notable regularidad es la negación de la objetividad de la verdad y del valor moral. A lo largo de los años me he encontrado con esta postura con frecuencia, pero en las últimas semanas ha surgido una avalancha de objeciones de este tipo a raíz de un reciente video mío sobre el tema. Esta es una respuesta típica: “Apenas treinta segundos, y él [“él” se refiere a mí] ya se comporta como un tonto: ¿valores morales objetivos? No existen en la realidad”. Aunque este caballero se centraba en los valores morales, muchos de los comentaristas de este tema desprecian igualmente la objetividad de las afirmaciones de la verdad.

Aunque, como ya he dicho, esta es una opinión muy extendida, un momento de reflexión revela lo tonta que es esta postura. Puesto que se ha molestado en quejarse de mi punto de vista, es obvio que sostiene que hay algo que está mal en articular una opinión incorrecta, que es algo que no debería hacer. Además, como se dirige al público, debe pensar que esta norma de rectitud no es un mero capricho subjetivo suyo, sino una norma generalmente conocida. En una palabra, se aferra al mismo principio que niega; a saber, que existe algún valor moral objetivo y universal. Además, al atreverse a llamarme “tonto”, también afirma indirectamente la objetividad de la verdad, ya que no podría hacer tal determinación de mi agudeza mental si no creyera en algún criterio epistémico claro. En una palabra, cae en su propia trampa. Incluso el escéptico más radical y minucioso cree en algo cuando lanza su crítica. Puede estar en desacuerdo con la forma en que alguien entiende un valor moral o intelectual, pero lo único que no puede decir coherentemente es que no existe el valor moral o intelectual.

Praise the Lord

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